Sáenz Peña: El Belgranito fue una fiesta lectora.

 

El Belgranito o el Belgrano chico son los nombres que identifican a esa apéndice de la gran barriada del Ensanche que lleva el nombre del prócer creador de la bandera.
El sol se despedía del techo a dos aguas de la Capilla San Luis Orione, y solo iluminaba las espaldas del campanario, cuando empezamos a descargar nuestros libros.
Los pibes del sonido municipal como siempre listos y predispuestos nos están esperando con todo armado.
Alicia, la señora encargada del comedor, nos pregunta si estaremos el tiempo que necesita para hacer un chocolate. Le decimos que la lectura durará más de una hora y ya no la volvemos a ver.
La tarde es tan luminosa como fría, Mónica ya los hizo cantar La vaca estudiosa, Lili, entre lágrimas, recuerda su infancia orionita en ese edificio religioso a medio terminar. Nora se presenta como la hija de Mirta, la de Lino y Kelo, quien nos llevó hasta ahí, abraza a Mónica encantado de tenerla leyéndole a sus chicos.
Elias, es el más jovencito de nosotros, y nos sorprende con su ductilidad lectora que atrapa a esos pibes inquietos y encantadores. Es su primera vez en el Plan y lo hace de maravillas.
«El día se va despacio/ la tarde colgada a un hombro…» dicen un par de versos inmortales de un tal, Federico García Lorca. Nos empezamos a despedir. El chocolate ya está listo.
Brandon, es uno de nuestros oyentes bajitos que andará por los 9. Esperó pacientemente que terminara de cargar los libros en las cajas. Despacito se acerca y me pide que le regale uno, y lo señala, «Los niños y el Martin Fierro». Del mismo modo que me lo pide se lo doy.
Otra fiesta de la palabra se acaba. El plan está día a día más sólido pero también, más humano. Por muchos más «Brandon» en nuestro camino lector.

 

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